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El miedo debe tener un límite, sobre todo si eres un cargo público: el de la decencia.

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Esta semana en l’Altaveu hablamos con Diana Coromines, periodista, traductora y editora. Era técnica de la Generalitat en Dinamarca y los Países Nórdicos y gestora de proyectos del Diplocat hasta que el 155 lo liquidó.

 

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¿Qué valoración hace de su experiencia en el transcurso de estos dos años en la Delegación de Exteriores de Cataluña en Dinamarca?


De hecho, en la Delegación de la Generalitat en Dinamarca y los Países Nórdicos trabajé sólo unos meses (inauguramos el 31 de agosto y al poco tiempo ya vinieron los hechos de octubre, aunque un grupo reducido de técnicos continuamos trabajando hasta que nos despidieron). Antes de partir a Copenhague, sin embargo, yo hacía dos años que formaba parte del equipo del Diplocat, como gestora de proyectos y responsable de las relaciones con los países nórdicos. En el transcurso de estos dos años fortalecimos las relaciones a muchos niveles, sobre todo institucional (parlamentos y gobiernos) y académico (universidades y think tanks). Estas relaciones se trabajaban cultivando una agenda de reuniones bilaterales con representantes políticos en los diversos países, organizando visitas de grupos de diputados en Cataluña, organizando debates sobre el derecho a la autodeterminación en colaboración con universidades y think tanks y participando en los «festivales de la democracia »nórdicos. Por lo tanto, cuando abrimos la Delegación ya lo hicimos sobre la base de un historial y una dinámica de actividades sólida, y con una extensa agenda de contactos de alto nivel.



Si en algún lugar era posible resistir era, justamente, en el extranjero, porque en las delegaciones no podía entrar la Guardia Civil; quedaban fuera de territorio español y por tanto fuera de su jurisdicción.

 

En algunos de sus artículos en medios como Vilaweb, usted ha sido muy crítica con los delegados anteriores y su actuación con el 155. ¿Por qué?


Porque, en general y con matices diferentes en cada caso, no estuvieron a la altura de las circunstancias. Si en algún lugar era posible resistir era, justamente, en el extranjero, porque en las delegaciones no podía entrar la Guardia Civil; quedaban fuera de territorio español y por tanto fuera de su jurisdicción. En lugar de eso (de continuar yendo cada día a trabajar, haciendo todo lo posible para mantener una cierta normalidad dentro de la delegación y, sobre todo, para explicar a nuestras contrapartes y los medios de comunicación los abusos que estaba cometiendo el Estado español en Cataluña contra nuestros representantes legítimos), la gran mayoría ya no fue a trabajar el lunes después de la declaración de independencia. Y lo peor de todo es que, algunos de ellos, no se limitaron a abandonar sino que coaccionaron a los técnicos que querían continuar trabajando, exigiéndoles que se quedaran en casa mudos, quietos y sin rechistar. Este fue, tristemente, el caso de la Delegación en Dinamarca, donde la delegada intentó hacernos chantaje emocional con todo tipo de súplicas que ponían su persona en el centro del debate: “Os pido por el tiempo que hemos trabajado juntos, iros a casa », y otras cosas por el estilo. El miedo es humano y no todo el mundo es capaz de enfrentarse a él (y más después de que la plana mayor del país se hubiera esfumado y no diera señales de vida); pero llegados a este punto, una retirada limpia, oficial y pública, tal como hicieron otros delegados, habría sido un gesto honorable. En cambio, quiso impedir que su gente (que son personas libres) siga defendiendo el país una vez tú has abandonado por la puerta trasera, es indecente. El miedo debe tener un límite, sobre todo si eres un cargo público: el de la decencia.


No se trata de trazar líneas rojas a ciegas, sino de hacer geopolítica basada en valores duros (tal como hacen todos los actores sin excepción en el tablero internacional), no exclusivamente en valores blandos como se ha hecho hasta ahora.

 

Se ha comentado (Entrevista Marc Gafarot a l’Altaveu) que ha habido una cierta política de no tener contacto con ciertos países o partidos políticos. ¿Cuál ha sido su experiencia? Cree que esto cambiará a partir de ahora?


Yo me ocupaba exclusivamente de los países nórdicos (aunque como gestora de proyectos en el Diplocat también había organizado visitas y agenda en Luxemburgo y los Países Bajos), y sí es cierto que de manera general estaba la consigna de evitar reunirnos con representantes de partidos políticos de la derecha populista y xenófoba. Creo que el problema radica, sobre todo, en el hecho de establecer una política de contactos a priori, sin haber definido antes una estrategia geopolítica seria, que priorize las contrapartes que además sirven tus intereses y que, llegado el momento, son las que más peso pueden tener en el reconocimiento exitoso de una Cataluña independiente. No se trata de trazar líneas rojas a ciegas, sino de hacer geopolítica basada en valores duros (tal como hacen todos los actores sin excepción en el tablero internacional), no exclusivamente en valores blandos como se ha hecho hasta ahora.


El 155 no se ha retirado. Por un lado tenemos un nuevo actor en la Moncloa que, con respecto a los catalanes, es tan viejo como el PP


¿Cuál es su percepción una vez retirado el 155? Mejorará la actuación de las diferentes delegaciones?


El 155 no se ha retirado. Por un lado tenemos un nuevo actor en la Moncloa que, con respecto a los catalanes, es tan viejo como el PP; Sánchez y el PSOE apoyaron activamente el 155 y, por si alguien tenía alguna duda, ya ha quedado claro (sobre todo después de la reunión con el presidente Torra, donde parece que la gran hito conseguido es que Sánchez haya admitido vagamente que hay un problema político entre Cataluña y España y que se desbloquearán las leyes sociales suspendidas por el TC) que no supondrá ningún cambio respecto de Cataluña: ni derecho a la autodeterminación, ni nuevo referéndum, ni nada de nada. Por otra parte, en la Generalitat tenemos un gobierno que ha nacido directamente del 155 y que se comporta de manera plenamente autonomista, regalando libros y ratafía al rey y al presidente españoles mientras custodia nuestros presos políticos. La reapertura de las delegaciones y del Diplocat forma parte de esta falsa recuperación de la «normalidad»; nuestros representantes han aceptado la tutela autoritaria de Madrid sin ofrecer resistencia, y en estas coordenadas no habrá mucho margen para hacer nada que no sean actos folklóricos, becas menores, presentaciones de libros y otras actividades del todo secundarias teniendo en cuenta que de lo se trataba era de construir un Estado independiente.

 

¿Encuentra positivo que ahora se haya de opositar para ser delegado o delegada siendo un cargo eminentemente político?


Efectivamente Maragall dijo que se haría concurso público, pero de momento parece que esto sólo ha quedado en retórica porque ya se han restituido cinco delegados y se ha nombrado uno nuevo igualmente a dedo (la consellera Serret); de concurso no se ha hecho ni uno. En todo caso, tal como se expresa en el «Manifiesto para unas delegaciones transparentes, comprometidas con el país y fieles al mandato democrático» (firmado por decenas de coordinadores de las ANC exteriores, representantes de la comunidad catalana en el extranjero y expertos en política exterior), hay que exigir que todos los delegados, sin excepción, accedan al cargo por concurso público de méritos, tal como se hace en países avanzados como Dinamarca. Si es necesario, con una ratificación por parte del Parlamento, para evitar que una tarea de país tan importante -en el momento en que haya voluntad real de hacerla- recaiga en personas que accedan, justamente, con el objetivo de boicotearla.


La gente está, y no se conformará, pienso, con unos políticos que dicen que «hacen república» pero que la realidad demuestra cada día que, tras meses de obediencia y sumisión a Madrid, nada de lo que hacen va a favor de hacer efectivo el mandato del 1 de octubre.


Según usted, ¿vamos camino de hacer efectiva la República Catalana?


Como estrategia bien definida, con un horizonte claro y voluntad real por parte de nuestros representantes, nada hace pensar que vamos «camino de hacer república». Otra cosa es la gente, los dos millones de personas que defendieron los colegios el 1O y que el 21D ratificaron su compromiso con la independencia. La gente está, y no se conformará, pienso, con unos políticos que dicen que «hacen república» pero que la realidad demuestra cada día que, tras meses de obediencia y sumisión a Madrid, nada de lo que hacen va a favor de hacer efectivo el mandato del 1 de octubre. La revuelta de las sonrisas, del lirio en la mano y de la confianza ciega en los políticos ya no funciona; si queremos culminar la última fase del proceso (la independencia) debemos desobedecer, pacíficamente pero haciendo frente, desde el ciudadano de base hasta el primer responsable político. Pero para ello es necesario que nuestros líderes representen de verdad nuestra gente, y esto será posible, entre otras cosas, con la generalización de procesos de primarias abiertos, horizontales y participativos, para todo el territorio. Es una iniciativa que ya está en marcha y será imparable.

 

¿Cree que puede ser penalizado el reconocimiento por parte de algunos países, después de haber proclamado la República y no haberla defendido?



Nos penaliza mientras no seamos capaces de demostrar que estamos dispuestos a aplicar el mandato del 1 de octubre; no de farol sino seriamente, con unos representantes que son fieles (ahora sí) a la voluntad expresada en las urnas y que están dispuestos a entrar en la comunidad internacional como un actor responsable y de fiar. Hacerlo bien está en nuestras manos.



En cuanto a la opinión pública y los medios, en general, comenzaron a perder interés por la situación en Cataluña después del 10 de octubre, cuando nadie entendió qué había dicho Puigdemont y, por tanto, en seguida se interpretó que esto de la independencia había sido un juego, un tanteo.


¿Qué valoración cree que hacen los países nórdicos de la situación en Cataluña y en concreto, Dinamarca?


A nivel de gobiernos y cancillerías, los países nórdicos, ya el día 4 de octubre (con la búsqueda de mediadores que la conselleria de exteriores impulsó de manera repentina e imprevista) tuvieron la certeza de que la Generalitat no pretendía aplicar el resultado del referéndum. Ahora tienen un interés relativo en hacer un seguimiento de la vulneración de derechos fundamentales por parte de España; Cataluña ha pasado de ser uno de los primeros temas a considerar en la agenda política europea a ser un problema entre muchos. En cuanto a la opinión pública y los medios, en general, comenzaron a perder interés por la situación en Cataluña después del 10 de octubre, cuando nadie entendió lo qué había dicho Puigdemont y, por tanto, enseguida interpretaron que esto de la independencia había sido un juego, un tanteo. A partir del 155, con la represión, los encarcelamientos y, sobre todo, los exiliados (y en concreto a raíz de los movimientos de Puigdemont por Europa y su detención en Alemania), hubo un reavivamiento en el interés por el tema catalán y medios importantes pusieron en cuestión que España sea un democracia plena. A estas alturas, todo el mundo tiene una mínima noción de que el Estado español vulnera derechos y libertades fundamentales, pero esto ha desviado el foco de atención del 1 de octubre y su plena legitimidad, y de que una mayoría de catalanes, a pesar de que la declaración no se haya hecho efectiva, continúa apoyando la independencia.


Creo que el peso de la tarea relevante, de lobby político, lo llevarán ahora las ANC y CDR exteriores, la comunidad catalana en el extranjero y las asociaciones privadas que ya han surgido por ejemplo en Estados Unidos y en Finlandia.

 


¿Cuáles son los primeros pasos, según usted, que deberían emprender las delegaciones exteriores de cara a internacionalizar el conflicto catalán y ganar “aliados”?


La tarea que podrán hacer las delegaciones es muy reducida y no veo que pueda ir más allá de lo que ya hacen otras instituciones en el exterior como el Ramon Llull o Acció. ¿Qué margen de actuación pueden tener unas delegaciones (recordémoslo: debían ser las embajadas de la Cataluña independiente) que se reabren bajo el paraguas del 155 y aceptando sus límites? Unos límites que establece el gobierno de Sánchez, que ni siquiera tolera que se hable de presos políticos, exiliados o represión. Por lo tanto, creo que el peso de la tarea relevante, de lobby político, lo llevarán ahora las ANC y CDR exteriores, la comunidad catalana en el extranjero y las asociaciones privadas que ya han surgido por ejemplo en Estados Unidos y en Finlandia. Hay que explicar y denunciar una y otra vez la violación de derechos fundamentales que España perpetra contra los catalanes, y aprovechar el inicio del juicio contra el independentismo para buscar la solidaridad de la opinión pública internacional. Pero hay que ir más allá del discurso del lazo amarillo para centrarnos en reivindicar la legitimidad del 1 de octubre que el 21D el pueblo revalidó con creces, y a subrayar que tenemos una ciudadanía movilizada, pacífica y comprometida con la independencia, que no está dispuesta a renunciar. Paralelamente, es imprescindible empezar a pensar en clave geopolítica, pero la verdad es que no sé de qué manera se puede hacer, esto, sin el apoyo de una conselleria de exteriores y una Generalitat con capacidad y voluntad de hacer tareas reales .


¿Cree que es momento de reforzar el Diplocat? ¿Cuál sería la forma más eficiente?


No lo creo. Tanto en el caso del Diplocat como de las delegaciones, para mí sólo tenía sentido reabrirlas si era para retomar la tarea que hacían antes de los hechos de octubre: el primero, de defensa inequívoca del derecho a la autodeterminación en parlamentos, gobiernos, universidades y think tanks; las segundas, de lobby político de los intereses de Cataluña. Una tarea que en todo caso habría que fortalecer y mejorar (definiendo una estrategia geopolítica madura), no degradar alineándose con las embajadas del gobierno que nos oprime.




Creo que no habrá posibilidad de crear una nueva oportunidad hasta que no hayamos regenerado la clase política y tengamos representantes surgidos de la base, elegidos en procesos horizontales y participativos y que se deban únicamente a los ciudadanos que les han votado y al país.

 

¿Cuando cree que habrá una nueva ventana “de oportunidad”, si es que cree en esta posibilidad?

 

Es difícil de decir. Yo creo que no habrá posibilidad de crear una nueva oportunidad hasta que no hayamos regenerado la clase política y tengamos representantes surgidos de la base, elegidos en procesos horizontales y participativos y que se deban únicamente a los ciudadanos que les han votado y al país. Pero la ciudadanía se está organizando de muchas maneras y a muchos niveles más rápidamente de lo que creemos, y podría ser que el momento llegara antes, coincidiendo con la Diada o con el inicio del juicio contra los presos políticos.

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